
Una Semana Santa de colonias: risas, descubrimientos y recuerdos compartidos
13/04/2026Desde pequeño tuve claro que el camino académico tradicional no era lo mío. Mientras otros encontraban su lugar entre libros y exámenes, yo sentía que mi verdadera motivación estaba en otro sitio: en el trato con las personas, en el diálogo, en el deporte y en los espacios de ocio y tiempo libre. Sin embargo, durante mucho tiempo eso no se valoró como una capacidad, sino que se me encasilló en el grupo de los “chavales revoltosos” o poco cumplidores. Las malas notas y la sensación constante de no encajar en el sistema educativo hacían que me costara imaginar un futuro profesional. No veía una carrera hecha para mí, ni un lugar donde mis habilidades tuvieran sentido. Pero todo cambió casi por casualidad, en uno de esos encuentros que terminan marcando una vida.
Conocí a dos educadores de un grupo de Juniors que me hablaron por primera vez del mundo de lo social. Aunque tenía un familiar que se dedicaba a ello, nunca había profundizado realmente en qué consistía este ámbito. Ellos me contaron su experiencia y me animaron a dar un paso: hacer voluntariado en un centro de día de mi barrio. Acepté, sin saber muy bien lo que me iba a encontrar. Y fue ahí donde todo empezó a encajar. Desde el primer momento sentí que aquel era mi lugar. Cada día era diferente, lleno de retos, aprendizajes y momentos únicos. No había lugar para la monotonía de la que siempre había huido. Lo más importante no eran las notas, sino las personas, su desarrollo, sus inquietudes y sus preguntas.
Trabajar con ellos y con ellas fue también una forma de mirarme a mí mismo. Aunque eran más pequeños, me veía reflejado en muchas de sus experiencias. Entendía sus dudas, sus dificultades, sus formas de expresarse. Por primera vez, sentí que aquello que antes había sido un obstáculo podía convertirse en una herramienta. Descubrí que no todo pasa por lo académico, aunque también tiene su importancia. Incluso ayudándoles con sus deberes, entendí que detrás de cada actividad, cada taller y cada intervención había una intención educativa, una pedagogía que daba sentido a todo.
Cuando terminé el bachillerato, ya no tenía dudas: quería dedicarme al mundo de lo social. Decidí cursar el ciclo superior y, una vez finalizado, comencé a trabajar en distintas fundaciones y entidades, cursando al mismo tiempo la carrera de Educación Social. Cada experiencia me aportó algo nuevo, pero todas tenían algo en común: la certeza de haber encontrado mi vocación. Actualmente trabajo como integrador social en El GUA, una etapa que está siendo especialmente enriquecedora. A pesar de llevar poco tiempo, la experiencia está siendo muy positiva. La cercanía y familiaridad de la fundación, junto con unos valores que comparto profundamente, hacen que el trabajo sea más significativo.
El espacio también influye. Trabajamos en una casa antigua, contaulells, que refuerzan ese sentimiento de hogar tan necesario en nuestro día a día. Pero, sin duda, uno de los mayores pilares es el equipo humano: compañeros y compañeras con los que comparto no solo trabajo, sino compromiso e ilusión. Además, el hecho de ser de Torrent y tener el centro Laura Vicuña en mi propio barrio refuerza todavía más mi sentimiento de pertenencia. No es solo un trabajo, es también una forma de devolver a mi comunidad parte de lo que me ha dado.




